El aire que respiramos en las terapias contextuales

En los últimos días he estado leyendo materiales sobre el contenido de la mesa de la que formaré parte en el Congreso CEFI, y me llamó la atención un extracto de un libro:
“Mi objetivo es demostrar cómo los supuestos filosóficos son similares al aire que respiramos: típicamente invisibles, parte integral de nuestro funcionamiento diario y, sin embargo, a menudo se dan por sentado (…) tu visión del mundo moldea silenciosamente tu forma de pensar y actuar, influyendo en las teorías, terapias, técnicas y datos que consideras convincentes o válidos.”, (Hofmann & Hayes, 2018. p. 24)
En la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), el aire que respiramos es Contextualismo Funcional. Su metáfora fundamental es el “actuar en contexto”: el comportamiento sólo puede entenderse analizando al individuo y las contingencias de su entorno histórico y actual. Dentro de esta filosofía, la verdad es aquello que actúa para influir en el comportamiento con precisión y utilidad. Así, la función del comportamiento se vuelve más importante que su forma.
La cosmovisión moldea silenciosamente nuestra forma de actuar en sesión, por lo que es fundamental tener clara la filosofía que sustenta el enfoque con el que trabajamos. Es lo que influye en la forma en que observamos, entendemos y respondemos al cliente. Sin esta claridad corremos el riesgo de conducir el proceso terapéutico de forma confusa e inconsistente.
Si, en el Contextualismo Funcional, la verdad es lo que funciona, y si el objetivo de ACT es desarrollar flexibilidad psicológica a través de procesos, entonces el terapeuta también necesita experimentar esta experiencia. Leer sobre ACT y tomar clases es importante, pero eso es solo el comienzo. Es la experiencia la que hace que este “aire” sea más fluido, natural y casi invisible en la práctica clínica.
Podemos leer sobre cómo andar en bicicleta, comprender la teoría del equilibrio y memorizar cada movimiento necesario. Pero sólo aprendemos realmente cuando nos subimos a la bicicleta y empezamos a pedalear. En los primeros intentos perdimos el equilibrio, nos caímos y, en ocasiones, incluso nos lastimamos. Es la exposición repetida a la práctica lo que permite desarrollar la habilidad poco a poco.
En la clínica, el aprendizaje también ocurre así. Pero hay una diferencia importante: nuestros errores, caídas y desequilibrios impactan en otra persona: el paciente. Por eso la formación de habilidades se vuelve tan importante.
Tradicionalmente, estamos más acostumbrados al modelo de supervisión, en el que un profesional con más experiencia sugiere posibles caminos para el terapeuta en formación. Esta práctica es sumamente valiosa, pero tiene límites. A menudo, entendemos intelectualmente lo que se debe hacer antes de poder hacerlo en la sesión.
Una herramienta ampliamente utilizada en diferentes áreas del conocimiento es la Práctica Deliberada, actualmente considerada el estándar de oro para el desarrollo de habilidades. Implica cinco pilares principales: observación, retroalimentación, metas incrementales, ensayo repetitivo y evaluación continua. Adaptado al contexto de ACT, permite a los terapeutas experimentar sus propios procesos de flexibilidad psicológica en contextos de formación entre pares.
Sin comentarios, es fácil seguir repitiendo lo que ya sabemos hacer y difícil entender lo que aún necesitamos desarrollar. La experiencia por sí sola no garantiza la pericia. A menudo automatizamos formas de actuar sin necesariamente volvernos más eficaces. La retroalimentación nos ayuda a identificar dónde nos estamos quedando cortos, qué estamos evitando y qué habilidades aún necesitan perfeccionarse.
Pero para hacerlo, debes estar abierto a exponerte, cometer errores, caer y experimentar diferentes emociones. Porque, al final, la terapia de aprendizaje es también un proceso de exposición. Y quizás los buenos terapeutas no sean aquellos que nunca pierden el equilibrio, sino aquellos que continúan perfeccionando sus habilidades a lo largo del camino.
Referencia:
Hofmann, S. G. y Hayes, S. C. (Eds.). (2018). TCC basada en procesos: la ciencia y las competencias clínicas básicas de la terapia cognitivo-conductual. Prensa contextual.
Por Viviane Grafitti

